Explicación del artículo

El punto de partida: Moldbug dice que decidió “inventar una ideología nueva” y se burla de sí mismo por la pretensión de la idea, antes de justificar por qué ni el progresismo, ni el conservadurismo, ni el “moderantismo”, ni el libertarismo le convencen del todo (cada uno por razones distintas: el progresismo domina el pensamiento intelectual desde hace un siglo y por eso es difícil verlo con distancia crítica; el conservadurismo moderno nació como reacción y quedó deformado por eso; el “centrismo” no es en realidad una postura fija sino que se mueve según la época, lo cual genera incentivos para la violencia; y el libertarismo, aunque le parece intelectualmente atractivo, nunca se ha implementado con éxito en ningún lugar).

La idea central del “formalismo”: El problema fundamental de los asuntos humanos es la violencia organizada (mucho más grave, según él, que la pobreza o la “decadencia moral”). Y propone una fórmula: violencia = conflicto + incertidumbre. Si existe una regla clara e indiscutible sobre quién posee qué, no hay incentivo para pelear por ello. El problema no es tener conflictos de intereses (siempre existirán mientras haya cosas que la gente quiera), sino la ambigüedad sobre quién tiene derecho a qué.

Reglas como acuerdos, no como mandatos morales: Las reglas no vienen de ningún principio moral abstracto, sino que son acuerdos entre partes. Si no aceptas ningún acuerdo con nadie, no puedes esperar convivir con los demás (como un oso polar en la ciudad).

Crítica a la “justicia social”: Moldbug argumenta que la idea de repartir las cosas por igual, en nombre de la igualdad, tiene tres problemas: los bienes no son directamente comparables entre sí; un sistema no puede mantener a la vez que “los acuerdos se cumplan” y que “la igualdad se mantenga” (la gente es distinta y eso genera desigualdad con el tiempo); y sobre todo, intentar imponer la igualdad ahora mismo, en un mundo ya muy desigual, requiere violencia (quitarle a unos para darle a otros).

La propuesta formalista: En vez de preguntarse quién debería tener qué (una receta para conflicto infinito), hay que preguntarse quién tiene qué de hecho, ahora mismo, y formalizarlo con un “certificado” claro de propiedad. Esto lo distingue del libertarismo, que sí cree que hay una distribución “correcta” o “legítima” (por ejemplo, que “los estadounidenses deberían recuperar América” de manos del gobierno). El formalista, en cambio, dice: si EE.UU. controla de facto ese territorio, entonces es dueño de él, más allá de cómo lo haya obtenido históricamente.

EE.UU. como una corporación: Esta es la parte más provocadora. Moldbug argumenta que pagar impuestos te convierte en una especie de “siervo corporativo”, y que EE.UU. no es esencialmente distinto de cualquier otra corporación (como Microsoft), salvo que EE.UU. se encarga de su propia seguridad. El problema, dice, es que nadie sabe realmente cuál es el propósito de esta “corporación” (a diferencia de Microsoft, que busca ganancias, o de una ONG con misión clara), y que su sistema de toma de decisiones es tan opaco como consultar entrañas de buey.

La solución formalista para el Estado: Eliminar la “mística” simbólica (himnos, juramentos a la bandera) y en su lugar averiguar quién tiene el poder real y repartir “acciones” (shares) de esa corporación-Estado en proporción a ese poder real —no a un ideal de “una persona, un voto”—. Pone el ejemplo irónico de que si el New York Times tiene mucha influencia real sobre lo que pasa en el país, entonces “debería” recibir muchas acciones, según esta lógica.

Deudas y activos del Estado: Sugiere que las deudas formales (bonos del Tesoro) ya están bien definidas, pero otras como el Seguro Social o Medicare son informales y dependen de vaivenes políticos; formalizarlas (convertirlas en algo negociable) beneficiaría a los receptores, aunque genera el problema de distinguir entre “propiedad” y “caridad”.

Ejemplos de ciudades-estado: Pone a Singapur, Hong Kong y Dubái como modelos de “corporaciones” exitosas, gobernadas sin democracia pero con buena administración, y sugiere que la ausencia de democracia en esos lugares no las hace comparables a regímenes totalitarios.

Crítica final a la democracia: Su conclusión es que la democracia como tal es “ineficaz y destructiva”, y que el éxito de posguerra de EE.UU., Europa y Japón se debe, según él, no a la democracia sino a que en la práctica el poder real quedó en manos de funcionarios y jueces “apolíticos” (no elegidos), manteniendo solo la fachada simbólica democrática. Termina comparando esto con Irak, donde se impuso una democracia “pura” pero sin administración funcional, como argumento a favor del formalismo sobre la democracia.