George Hotz defendio a este tipo diciendo que las farmaceuticas hacen lo mismo (suben los precios) pero lo hacen elegantemente.

El video

Es una entrevista a Martin Shkreli, el empresario que en 2015 se hizo tremendamente famoso (e infame) por comprar los derechos de la Daraprim —un medicamento usado hace décadas para tratar infecciones parasitarias graves, muy relevante para pacientes con VIH/SIDA— y subir su precio de un día para el otro de 13,50 a 750 dólares por pastilla (un aumento de más del 5.000%).

En la nota:

  • Lo siguen un viernes por Nueva York, muestran su departamento, su afición al ajedrez y una botella de vino carísima, y la copia única del álbum de Wu-Tang Clan que compró por 2 millones de dólares.
  • Shkreli se defiende diciendo que la industria farmacéutica en general sube precios constantemente sin que nadie lo note, que gran parte de sus pacientes reciben el medicamento gratis, y que el dinero extra se destina a investigación (afirma invertir el 60% de los ingresos en I+D, contra el 15% promedio del sector).
  • Insiste en que “no es malvado”, que hizo un buen negocio y que las aseguradoras y grandes empresas son las que absorben el costo, no los pacientes.
  • Al mismo tiempo reconoce que “sabían” que iban a subir el precio antes de comprar el laboratorio, lo que alimentó las acusaciones de especulación pura.
  • Se menciona que fue acusado de fraude bursátil e investigado por el Congreso y la FTC por price gouging (poco después fue efectivamente condenado por fraude, aunque no directamente por el aumento de precio de Daraprim, que en EE.UU. no es ilegal en sí mismo).

Es, en el fondo, un caso que puso en el centro del debate una pregunta clave: ¿hasta qué punto un laboratorio puede fijar libremente el precio de un medicamento esencial cuando no hay competencia?

¿Hay algo parecido en Argentina?

No hay un “Shkreli argentino” tan mediático —un empresario individual que compre un fármaco y lo suba miles de por ciento de un saque generando semejante escándalo público—, pero el problema de fondo es incluso más extendido en Argentina, aunque de forma más sistémica que individual:

1. Aumentos generalizados muy por encima de la inflación Según datos recientes, los medicamentos recetados aumentaron un 180% y los de venta libre un 240% durante 2025, mientras los salarios subieron apenas 110%. El sindicato de farmacéuticos (SAFYB) denuncia que de cada 100 pesos que paga una persona por un remedio, 65 se los queda el laboratorio, y que unos 70 laboratorios concentran el 80% de las ventas del mercado.

2. Precios más caros que en el resto del mundo Comparaciones muestran que la Metformina (para diabetes) cuesta en Argentina bastante más que en España, y lo mismo pasa con otros fármacos de uso masivo — pese a que el país no tiene los ingresos de Europa.

3. El caso más parecido en espíritu: Keytruda / Pembrox El ejemplo más cercano a “una droga puntual, cara, en el centro de una disputa de precios” es el del Keytruda (pembrolizumab), un medicamento oncológico carísimo de Merck. Un laboratorio argentino, ELEA, desarrolló un biosimilar local (Pembrox) porque la patente original nunca se había registrado bien en el país, y eso forzó una baja del precio en el país de alrededor de un 50%. Es casi el caso inverso al de Shkreli: en vez de un actor que sube el precio aprovechando el monopolio, acá la falta de patente permitió que entrara competencia y el precio bajara.

4. Causas estructurales distintas a EE.UU. En Argentina el problema no pasa tanto por un individuo especulador sino por: falta de competencia real, cartelización del sector, mucho gasto en marketing y “regalos a médicos”, y ahora una nueva ley de patentes (2026) que reabre la disputa entre laboratorios extranjeros y nacionales sin garantizar que baje el precio al consumidor.

En síntesis: en Argentina no existe un caso mediático idéntico al de Shkreli (una persona comprando un fármaco puntual y subiéndolo miles de por ciento de la noche a la mañana), pero sí existe —y de forma más crónica— el mismo fenómeno de fondo: precios de medicamentos fijados casi sin control por parte de laboratorios con posición dominante, en un mercado con poca competencia real.