Voy a hacer un resumen extenso y detallado del conjunto de artículos del blog “metanomad”.
Todos estos textos giran en torno a una idea central tomada de George Gurdjieff, el pensador greco-armenio del siglo XX: el hombre está dormido. No dormido en el sentido literal, sino en un estado de “sueño en vigilia” donde sus acciones no son realmente suyas, sino respuestas mecánicas e inconscientes a estímulos externos. La frase que resume todo es: “Todo sucede. Nadie hace nada.”
Esto no es pesimismo nihilista, sino un diagnóstico. Gurdjieff argumentaba que sin esfuerzo consciente no puede haber verdadero progreso ni civilización, porque una máquina inconsciente no puede producir nada más que destrucción. Y si una persona funciona como máquina, un millón de personas funcionando así producirá, inevitablemente, guerra, caos y devastación. Esto explicaría, según Gurdjieff, por qué la historia humana es un ciclo interminable de conflictos.
El autor del blog adopta esta idea y la aplica al mundo contemporáneo, argumentando que la modernidad es simplemente la forma actual que toma ese sueño ancestral. No es algo nuevo; siempre ha existido el sueño junto a la consciencia, la barbarie junto a la civilización. Lo que cambia es la ropa que llevan puestos.
Uno de los primeros y más importantes puntos que desarrolla el autor es la crítica a la idea de progreso. Citando a Gurdjieff: “No hay progreso en absoluto. Todo es igual que hace miles de años. La forma exterior cambia, la esencia no.”
Esto se conecta con la vieja idea de que “el tiempo es un círculo plano”, o la sentencia bíblica “nada nuevo bajo el sol”. El autor, que se define como maestro dentro de la tradición perenne, sostiene que la modernidad no es un fenómeno históricamente excepcional, sino simplemente la versión contemporánea de algo que siempre ha existido. Cada época tiene sus propios mecanismos para mantener a los hombres dormidos; en la nuestra, los más visibles son las redes sociales, los medios de comunicación masivos, el consumismo y la cultura del entretenimiento perpetuo.
Esta perspectiva es importante porque evita el catastrofismo fácil: el autor no dice que vivamos en el peor momento de la historia ni que haya una conspiración para lobotomizar a la humanidad. Dice algo más sobrio y más incómodo: que el hombre siempre ha querido dormir, y siempre ha encontrado los medios para hacerlo.
El autor toma las redes sociales como ejemplo paradigmático de cómo funciona el mecanismo del sueño en la modernidad. Reconoce que la crítica a las redes sociales se ha vuelto un cliché, y precisamente eso le parece revelador: el hecho de que la crítica se repita sin cesar sin que nada cambie es prueba de que el hombre es un ser mecánico. Se sabe perfectamente qué hace el problema, se lo nombra una y otra vez, y aun así se sigue haciendo.
Hay una distinción clave que introduce el autor: la diferencia entre conocer algo y entenderlo. La mayoría conoce que las redes sociales son nocivas. Nadie las entiende realmente, porque si las entendiera —en el sentido profundo del término— dejaría de usarlas. Este conocimiento sin comprensión es la marca del hombre dormido.
Las redes sociales, según el análisis, están diseñadas para:
Pero lo más importante para el autor no es la arquitectura técnica de estas plataformas, sino lo que revelan sobre la naturaleza humana: la lujuria por el sueño. Detrás de cada mecanismo de la modernidad hay algo que el ser humano ya deseaba inconscientemente.
Apoyándose en el filósofo François J. Bonnet y su libro After Death, el autor desarrolla el concepto de hiperpresente: la fragmentación del tiempo en pedazos tan pequeños que ya no queda duración suficiente para que nada tenga sentido.
La idea es poderosa: el tiempo solía tener una extensión que permitía que las experiencias se depositaran, se procesaran, tomaran forma. Hoy, la aceleración tecnológica y mediática ha reducido el presente a algo tan infinitesimal que nada puede arraigar. Se recibe una cantidad masiva de información, estímulos, noticias, señales, pero no hay tiempo para correlacionar nada de eso, para construir significado a partir de ello.
Esto se conecta con el concepto de esquizofrenia que el autor usa en sentido filosófico, no clínico. La modernidad es esquizofrénica porque:
El resultado es una especie de amnesia ontológica: uno mira al pasado y ya cambió, mira al futuro y solo ve estática, mira el presente y ya desapareció. El ser humano queda flotando sin anclaje.
Lo interesante es que el autor no propone huir de la modernidad ni revolverse violentamente contra ella. Plantea que revolverse contra una adicción con agresión es dejarse atrapar por su poder. Si uno gasta energía atacando el mundo moderno, ese mundo ya ganó. La estrategia correcta es la defensa: conocer las tácticas del enemigo y construir una armadura interna.
El concepto central de la respuesta práctica del autor es la atención. Prácticamente todo lo que la modernidad hace tiene como objetivo final degradar la capacidad de atención del ser humano. Le hace creer que puede tener todo de inmediato, sin pago, sin paciencia, sin producción propia. Y quien no paga algo no lo valora; quien no trabaja algo no lo comprende; quien no produce algo no puede entenderlo en profundidad.
La atención es lo primero que hay que recuperar. Y aquí el autor recurge nuevamente a Gurdjieff y su práctica del “auto-recuerdo” (self-remembering): la idea de que uno debe recordarse a sí mismo constantemente como ser consciente. No basta con observar el mundo; hay que observarse observando. Cuando uno se pierde en emociones, identificaciones, fantasías o el torbellino de noticias e imágenes, ha olvidado su propio ser. El primer paso es simplemente volver: recordar que hay un observador, y dirigir la atención hacia ese observador.
El ejercicio propuesto es sencillo pero revelador: intenta, mientras caminas o manejas, mantener la atención completamente enfocada en lo que estás haciendo. Muy rápidamente la mente se escapará a pensamientos, fantasías, preocupaciones. Esos momentos en que uno “no estaba ahí” son instancias de sueño en vigilia. La práctica consiste en reducir la frecuencia y duración de esos momentos.
En un artículo más teórico y político, el autor presenta su propio marco de pensamiento: el Z/Acc o Zero/Accelerationism. Para entenderlo, primero explica el Aceleracionismo en general: la idea de que el capitalismo es un sistema que absorbe cualquier intento de modificarlo o destruirlo, convirtiéndolo en combustible para su propio crecimiento. No se puede “salir” del capitalismo interviniendo desde dentro.
Las distintas corrientes del Aceleracionismo (L/Acc para la emancipación humana, R/Acc para la singularidad tecnológica, U/Acc incondicional) comparten, según el autor, un defecto fatal: ignoran el Cero. Todas son optimistas en el fondo, porque todas creen en alguna forma de progreso unidireccional.
El Cero es la función que el sistema usa para evaluar si está creciendo o decreciendo, pero también es el principio por el cual todo crecimiento genera simultáneamente una pérdida en otro lugar. Cuando inventas el auto, inventas el accidente de auto. Cuando inventas el teléfono, inventas el síndrome de vibración fantasma. Cuando crece la realidad virtual de entretenimiento, también crece la realidad virtual de trabajo esclavo.
El Z/Acc no promueve ni el colapso ni la aceleración ciega. Simplemente reconoce que el sistema nunca es inmune a la entropía, que siempre habrá “accidentes” no previstos, que el Cero siempre está esperando para ensuciar cualquier utopía. No hay Edén sin callejones oscuros.
Con este marco, el autor hace predicciones sobre el futuro (escritas en 2020): mayor atomización social post-pandemia, fragmentación de identidades en grupos cada vez más rígidos, crisis del mercado inmobiliario, deterioro de la atención colectiva, y generaciones enteras atrapadas entre la expectativa de una vida material abundante y la realidad de recursos decrecientes.
El autor desarrolla también una crítica profunda a la identidad moderna. Parte de una cita del pensador Dmitry Orlov: “La mayoría de la gente hoy en día es simplemente una colección de sus vicios. Si se los quitas, ¿qué te queda exactamente?”
La identidad contemporánea está construida sobre hábitos de consumo, marcas, estéticas, vicios y “virtudes vacías”. Si uno le pregunta a alguien quién es, responderá con lo que consume: géneros de películas, tipos de comida, marcas de ropa. El ser profundo ha sido reemplazado por una acumulación de etiquetas externas.
El problema no es que las personas tengan gustos o preferencias, sino que esas preferencias han colonizado completamente el espacio donde debería haber un ser auténtico. La identidad moderna es, en esencia, sumisión a un “Gran Otro” abstracto —una norma social flotante que nadie puede definir con precisión pero que todos sienten como presión constante. Se compra, se consume y se declara para impresionar a ese Otro que nunca puede ser satisfecho.
La práctica que el autor sugiere: investigar honestamente qué es lo que realmente constituye el “yo”. Empezar por las compras recientes: ¿qué las motivó? ¿Qué dicen sobre uno? ¿Hay algo en la propia identidad que no haya sido creado por una fuerza externa?
En uno de los artículos más provocadores, el autor argumenta que está perfectamente bien no interesarse por la política, e incluso que el desapego político puede ser una forma de libertad más auténtica que el activismo compulsivo.
El punto de partida es histórico: la idea del “hombre político” —alguien que se define a sí mismo en términos de posiciones políticas— es extremadamente reciente. El espectro izquierda/derecha tiene menos de 250 años. En el contexto de 200.000 años de existencia humana, esto representa apenas el 0,1% de nuestra historia.
La política moderna, argumenta el autor, funciona de manera análoga a la criminalización o la economización del ser humano que describía Foucault: una vez que se acepta el marco político como realidad dada, ya no existe el “hombre no político”, solo el “hombre que ignora la política”. Nadie puede salirse del sistema una vez que el sistema ha colonizado el lenguaje.
El autor distingue entre apatía hostil (no importarle el sufrimiento ajeno) y desapego (simplemente no participar de un juego de estatus que considera vacío). Propone que muchos actos genuinamente buenos —ayudar a un vecino, donar a una causa local, construir algo útil— no necesitan ser filtrados por la lente política para ser válidos. De hecho, cuando se politizan, suelen corromperse en narcisismo y autopromoción.
En una serie dedicada a las necesidades básicas, el autor usa elementos como el agua corriente, la comida y la vivienda para mostrar cómo la modernidad ha naturalizado lo excepcional y exotizado lo normal.
El agua: hemos tenido plomería moderna por apenas el 0,05% de nuestra existencia como especie, y sin embargo la tratamos como algo tan obvio e inevitable que nadie aprende qué hacer si falla. La modernidad nos ha hecho olvidar que somos seres que necesitan agua para no morir en tres días.
La comida: la hemos convertido en entretenimiento. Comemos mientras vemos videos, mientras trabajamos, mientras hacemos otra cosa. La experiencia sensorial de comer —el sabor, la textura, el acto mismo de nutrir el cuerpo— ha sido degradada a relleno entre actividades “más importantes”.
La vivienda: el autor desmonta el mito de la propiedad como inversión segura y como marcador de éxito adulto. Con estadísticas del mercado inmobiliario británico, muestra que los precios han crecido de manera completamente desproporcionada respecto a los salarios y la inflación. Concluye que el sueño de la casa propia de 3-4 habitaciones con jardín es un residuo histórico de una anomalía económica (la generación de posguerra) que ya no corresponde a la realidad actual, pero que sigue siendo presentado como la norma a alcanzar, generando deuda, estrés y frustración masivos. Propone explorar alternativas —casas pequeñas, alquiler, nomadismo digital, vida en barco— no como consejo práctico definitivo, sino como invitación a cuestionar el deseo heredado antes de actuar sobre él.
Todos estos textos comparten una arquitectura común:
El tono general no es el del profeta apocalíptico ni el del coach motivacional, sino algo más parecido al de un observador lúcido e incómodo que ha salido parcialmente del ruido y escribe desde esa distancia, invitando a otros a hacer el mismo recorrido, sin prometer que sea fácil ni que cambie el mundo.